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Habían pasado exactamente ocho meses. Sepúlveda veía llover con ojos nuevos. En realidad, todo su cuerpo y su espíritu los apercibía como nuevos. Sus brazos incluso los tanteaba más fuertes y más veloces. Se animaba a practicar un deporte, cualquiera, hasta podía ser karate o patinaje sobre hielo, uno de esos que jamás habría querido practicar antes, en su vida anterior.
Renunció, ese mismo día, con una extraña cara de felicidad, a su trabajo en la escuela local. Reclamó con total desfachatez su derecho a la pereza y al sentido del humor. Se sentía nuevo. De pronto, cuando se autoexaminó por enésima vez, tomó conciencia de que se había convertido en lo que desde hace muchos años los grandes revolucionarios buscaban: EL HOMBRE NUEVO.
Sí, Sofonías Sepúlveda se había convertido, de la noche a la mañana, en EL HOMBRE NUEVO.
Su curiosidad intelectual lo llevó a estudiar mucho la idea. Rastreó el origen del concepto en la historia revolucionaria de América Latina y del mundo, hasta dar con su más conocido difusor: un descendiente de españoles, que estuvo a punto de ser heredero de un yerbatal de yerba mate, pero que se vio frustrado por el mal olfato para los negocios que tenía su padre y por su propio espíritu de loco genial.
Pero decidió no seguir, porque sabía que la raíz de su condición no era la fe en el futuro, como el loco genial imaginó, sino, simple y llanamente, la tiamina.
La tiamina lo había revolucionado. Se sentía tan nuevo que podía recomenzar su biografía, borrar de tajo todo lo anterior y comenzar su vida ahí mismo.
Entonces decidió comenzar otra vez. No se trataba de ser "lo que siempre quiso". Eso traicionaría por completo su proyecto. Se trataba de ser EL HOMBRE NUEVO. Eso implicaba romper totalmente con su vida pasada y, al mismo tiempo, ser totalmente nuevo con respecto a los demás hombres.
No era un asunto de originalidad. Era una cuestión más radical. Sepúlveda se propuso ser TOTALMENTE NUEVO.
Comenzó entonces por abandonar todas las costumbres y las convenciones que había adquirido durante sus años anteriores. Luego hizo ejercicios de memoria, pero en sentido contrario: trató de borrar recuerdos, trató de quedar en blanco. Después de agotadoras jornadas, se le iluminó el pensamiento. Si la tiamina lo había renovado hasta el punto en que se encontraba, la solución era tomar más tiamina.
Se programó dosis triples, cada tres horas, durante siete días. Y las cumplió.
Contrario a lo que podría pensarse, no murió. Algunos aseguran que lo vieron correr desnudo por callejones oscuros, a manera de hombre lobo. Otros afirman que lo vieron levitar disfrazado de Remedios, la Bella. Dos señoras del barrio contiguo no ceden al decir que lo han visto comer flores de muerto en un barranco cercano al cementerio, vestido estrafalariamente. Ninguna de las personas que dice haberlo visto lo identifica como EL HOMBRE NUEVO. Será acaso que ha logrado ser tan nuevo que no logran dar con una decripción clara o con un concepto que lo abarque. Yo no supe más.
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