La había descubierto para sí. Muy íntimamente había buscado en la internet su fórmula después de tormala, había descubierto esos recovecos y veía en ellos su propio corazón, su propio laberinto.

Hasta entonces, la literatura había sido una droga para Sepúlveda. Se sentaba o se acostaba o se ponía de pie a leer y luego a escribir. O al revés, primero escribía, luego leía y después se sentaba o se acostaba o se ponía de pie. Hasta que el sueño le ganaba. Por las mañanas, iba a su trabajo y cumplía con un tono gris sus obligaciones.
Cuando le tocaba hablarle a sus alumnos de César Vallejo, de Rimbaud, de literatura griega antigua o de música norteña los ojos le brillaban levemente. Parecía que la droga comenzaba a surtir efecto y casi se ponía lúcido y feliz, pero sonaba ese timbre hijo de puta que le hacía volver a la normalidad y que salvaba a sus estudiantes de un discurso hiriente acerca de las zonas más descarnadas del espíritu.
Sepúlveda se estregaba los ojos y salía del salón de clases, a recibir un poco de sol tibio de media mañana, como pájaro o como trozo de nube que apenas vuela.
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1 comentarios:
MUY BUENO. ESPERO LA CUARTA ENTREA.
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saludos
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